11. La vida es una historia:
Una de las fantasías más comunes entre los
niños y adolescentes es la de ser héroe. Quieren alistarse en grandes causas,
alcanzar la victoria al lado de los justos, vigilar mientras duermen los demás,
defender a los inocentes y rescatar a los que están en peligro. Este deseo de
ser héroes también se encuentra en la mayoría de las personas adultas.
Pero este deseo forma parte de un deseo
mayor: la esperanza de que la propia vida sea como una historia, que tenga
sentido. Y “tener sentido” no como una ecuación matemática o un teorema
científico, sino como una historia. Queremos sentir que nuestra vida tiene una
trama, que avanza. Sólo las personas que pierden el sentido de la aventura, del
misterio y del romance empiezan o preocuparse por su autoestima.
Por esto las dos grandes teorías de la motivación
psicológica – la reducción de la tensión (Freud) y la autorrealización (
Maslow) – ayudan tan poco en la vida real, pues no contestan a la pregunta
fundamental del sentido de la vida.
Las historias, en cambio, refuerzan la
idea de que la vida tiene sentido. Entre los que se suicidan, parece que la
causa no suele deberse tanto a la pérdida de la autoestima, sino a que han
perdido el hilo conductor y narrativo de sus vidas. La vida ha perdido su trama
y su dirección. En cambio, incluso el sufrimiento, visto como parte de una
historia más grande, se puede soportar.
Espontáneamente vemos nuestras relaciones
humanas y el amor humano como historias. Reflexionamos sobre sus inicios, su
desarrollo, sus memorias.
También las historias nos ayudan a
mantenernos en el camino de la virtud: nos dan no sólo razones para vivir, sino
también razones para vivir rectamente. El reconocimiento de que la vida tiene
sentido es la condición sine qua non del
comportamiento ético. Los adolescentes aprenden a ver como el ayer afecta al
hoy, y que el hoy influirá también en el mañana. Las decisiones ayudan a ver la
vida como un continuum, y no como una serie de eventos y experiencias
inconexas.
La mejor motivación para comportase bien
es la convicción de que tenemos un papel que desempeñar en la vida. Esto
también nos preserva del escollo de ver la moral como una serie de leyes, o un
mero evitar el mal. La virtud tiene que basarse en un apego al bien. La virtud
requiere cierta pasión por la vida; no es apática.
La gran diferencia entre el héroe y el
aventurero es que el segundo vive para la aventura, a fin de cuentas, para sí
mismo, mientras que el héroe vive olvidado de sí, para el bien de los demás.
Conforme va madurando un joven, se debe dar cuenta de que el verdadero heroísmo
normalmente no es ruidoso y se expresa mejor en la manera de afrontar la vida
ordinaria. Pero incluso así, las historias les ayudarán a encontrar fuerzas
para afrontar su deber.
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